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jueves, 4 de abril de 2013

Ernest Hemingway

"El mar cambia"

-Está bien -dijo el hombre-. ¿Qué decidiste?-No -dijo la muchacha-. No puedo.
-¿Querrás decir que no quieres?
-No puedo. Eso es lo que quiero decir.
-No quieres.
-Bueno -dijo ella-. Arregla las cosas como quieras.
-No arreglo las cosas como quiero, pero, ¡por Dios que me gustaría hacerlo!
-Lo hiciste durante mucho tiempo.
Era temprano y no había nadie en el café, con excepción del cantinero y los dos jóvenes que se hallaban sentados en una mesa del rincón. Terminaba el verano y los dos estaban tostados por el sol, de modo que parecían fuera de lugar en París. La joven llevaba un vestido escocés de lana; su cutis era de un moreno suave; sus cabellos rubios y cortos crecían dejando al descubierto una hermosa frente. El hombre la miraba.
-¡La voy a matar! -dijo él.
-Por favor, no lo hagas -dijo ella. Tenía bellas manos y el hombre las miraba. Eran delgadas, morenas y muy hermosas.
-Lo voy a hacer. ¡Te juro por Dios que lo voy a hacer!
-No te va a hacer feliz.
-¿No podías haber caído en otra cosa? ¿No te podrías haber metido en un lío de otra naturaleza?
-Parece que no -dijo la joven-. ¿Qué vas a hacer ahora?
-Ya te lo he dicho.
-No; quiero decir, ¿qué vas a hacer, realmente?
-No sé -dijo él-. Ella lo miró y alargó una mano-. ¡Pobre Phil! -dijo.
El hombre le miró las manos, pero no las tocó.
-No, gracias -declaró.
-¿No te hace ningún bien saber que lo lamento?
-No.
-¿Ni decirte cómo?
-Prefiero no saberlo.
-Te quiero mucho.
-Sí; y esto lo prueba.
-Lo siento -dijo ella-; si no lo entiendes ...
-Lo entiendo. Eso es lo malo. Lo entiendo.
-¿Sí? -preguntó ella-. ¿Y eso lo hace peor?
-Es claro -la miró-. Lo entenderé siempre. Todos los días y todas las noches. Especialmente por la noche. Lo entenderé. No tienes necesidad de preocuparte.
-Lo siento...
-Si fuera un hombre...
-No digas eso. No podría ser un hombre. Tú lo sabes. ¿No tienes confianza en mí?
-¡Confiar en ti! Es gracioso. ¡Confiar en ti! Es realmente gracioso.
-Lo lamento. Parece que eso es todo lo que pudiera decir. Pero cuando nos entendemos, no vale la pena pretender que hacemos lo contrario.
-No, supongo que no.
-Volveré, si quieres.
-No; no quiero.
Después no dijeron nada por un largo rato.
-¿No crees que te quiero, no es cierto? -preguntó la joven.
-No hablemos de tonterías.
-Realmente, ¿no crees que te quiero?
-¿Por qué no lo pruebas?
-Haces mal en hablar así. Nunca me pediste que probara nada. No eres cortés.
-Eres una mujer extraña.
-Tú no. Eres un hombre magnífico y me destroza el corazón irme y dejarte...
-Tienes que hacerlo, por supuesto.
-Sí -dijo ella-. Tengo que hacerlo, y tú lo sabes.
Él no dijo nada. Ella lo miró y extendió la mano nuevamente. El cantinero se hallaba en el extremo opuesto del café. Tenía el rostro blanco y también era blanca su chaqueta. Conocía a los dos y pensaba que formaban una hermosa pareja. Había visto romper a muchas parejas y formarse nuevas parejas, que no eran ya tan hermosas. Pero no estaba pensando en eso, sino en un caballo. Un cuarto de hora más tarde podría enviar a alguien enfrente para saber si el caballo había ganado.
-¿No puedes ser bueno conmigo y dejarme ir? -preguntó la joven.
-¿Qué crees que voy a hacer?
Entraron dos personas y se dirigieron al mostrador.
-Sí, señor -dijo el cantinero y atendió a los clientes.
-¿Puedes perdonarme? ¿Cuándo lo supiste? -preguntó la muchacha.
-No.
-¿No crees que las cosas que tuvimos y que hicimos pueden influir en nuestra comprensión?
-"El vicio es un monstruo de tan horrible semblante" -dijo el joven con amargura- que... -no podía recordar las palabras-. No puedo recordar la frase -dijo.
-No digamos vicio. Eso no es muy cortés.
-Perversión -dijo él.
-¡James! -uno de los clientes se dirigió al cantinero-. Te ves muy bien.
-También usted se ve bien, señor -replicó al cantinero.
-¡Viejo James! -dijo el otro cliente-. Estás un poco más gordo.
-Es terrible la manera como uno se pone -contestó el cantinero.
-No dejes de poner el coñac, James -advirtió el primer cliente.
-No. Confíe usted en mí.
Los dos que se hallaban en el bar miraron a los que se encontraban en la mesa y después volvieron a mirar al cantinero. Por la posición en que se encontraban les resultaba más cómodo mirar al encargado del bar.
-Creo que sería mejor que no emplearas palabras como esa -dijo la muchacha-. No hay ninguna necesidad de decirlas.
-¿Cómo quieres que lo llame?
-No tienes necesidad de ponerle nombre.
-Así se llama.
-No -dijo ella-. Estamos hechos de toda clase de cosas. Debieras saberlo. Tú usaste muchas veces esa frase.
-No tienes necesidad de decirlo ahora.
-Lo digo porque así te lo vas a explicar mejor.
-Está bien -dijo él-. ¡Está bien!
-Dices que eso está muy mal. Lo sé; está muy mal. Pero volveré. Te he dicho que volveré. Y volveré en seguida.
-No; no lo harás.
-Volveré.
-No lo harás. A mí, por lo menos.
-Ya lo verás.
-Sí -dijo él-. Eso es lo infernal, que probablemente quieras volver.
-Por supuesto que lo voy a hacer.
-Ándate, entonces.
-¿Lo dices en serio? -no podía creerle, pero su voz sonaba feliz.
-¡Ándate! -dijo el hombre. Su voz le sonaba extraña. Estaba mirándola. Miraba la forma de su boca, la curva de sus mejillas y sus pómulos; sus ojos y la manera cómo crecía el cabello sobre su frente. Luego el borde de las orejas, que se veían bajo el pelo y el cuello.
-¿En serio? ¡Oh! ¡Eres bueno! ¡Eres demasiado bueno conmigo!
-Y cuando vuelvas me lo cuentas todo -su voz le sonaba muy extraña. No la reconocía. Ella lo miró rápidamente. Él se había decidido.
-¿Quieres que me vaya? -preguntó ella con seriedad.
-Sí -dijo él duramente-. En seguida. -Su voz no era la misma. Tenía la boca muy seca-. Ahora -dijo.
Ella se levantó y salió de prisa. No se volvió para mirarlo. Él no era el mismo hombre que antes de decirle que se fuera. Se levantó de la mesa, tomó los dos boletos de consumición y se dirigió al mostrador.
-Soy un hombre distinto, James -dijo al cantinero-. Ves en mí a un hombre completamente distinto
-Sí, señor -dijo James.
-El vicio -dijo el joven tostado- es algo muy extraño, James. -Miró hacia afuera. La vio alejarse por la calle. Al mirarse al espejo vio que realmente era un hombre distinto. Los otros dos que se hallaban acodados en el mostrador del bar se hicieron a un lado para dejarle sitio.
-Tiene usted mucha razón, señor -declaró Jame,.
Los otros dos se separaron un poco más de él, para que se sintiera cómodo. El joven se vio en el espejo que se hallaba detrás del mostrador.
-He dicho que soy un hombre distinto, James -dijo. Y al mirarse al espejo vio que era completamente cierto.
-Tiene usted :muy buen aspecto, señor -dijo James-. Debe haber pasado un verano magnífico.
FIN

martes, 2 de abril de 2013

HENRI CARTIER-BRESSON








"La fotografía en si no me interesa. Solo quiero capturar u
na ínfima parte de la realidad."
Henry Cartier-Bresson

sábado, 30 de marzo de 2013


Victor Hugo

"La torre de las ratas"

Desde que había empezado a anochecer, sólo tenía un pensamiento. Sabía que, antes de llegar a Bingen, un poco antes de la confluencia con el Nahe, encontraría un extraño edificio, una lúgubre morada ruinosa, de pie entre los juncos, en medio del río y entre dos altas montañas. Aquella morada ruinosa era la Maüsethurm.

Cuando era niño, por encima de mi cama tenía un pequeño cuadro rodeado de un marco negro que no sé qué criada alemana había colgado en la pared. Representaba una vieja torre aislada, enmohecida, destartalada, rodeada de aguas profundas y oscuras que la cubrían de vapores, y de montañas que la cubrían de sombras. El cielo por encima de aquella torre era sombrío y cubierto de nubes horrendas.

Por la noche, después de haber rezado a Dios y antes de dormirme, miraba siempre aquel cuadro. Lo volvía a ver en mis sueños y me parecía terrible. La torre aumentaba, el agua hervía, un relámpago caía de las nubes, el viento soplaba en las montañas y, por momentos, parecía lanzar clamores.

Un día le pregunté a la criada cómo se llamaba aquella torre. Santiguándose, me respondió que se llamaba la Maüsethurm. Y luego me contó una historia. Que en otros tiempos, en Maguncia, en su país, había habido un malvado arzobispo llamado Hatto, que era también abad de Fuld, sacerdote avaro, según ella, que «abría la mano más para bendecir que para dar». Que un mal año compró todo el trigo de las cosechas para revendérselo muy caro al pueblo, pues aquel cura quería ser muy rico. La hambruna fue tal que los campesinos morían de hambre en los pueblos del Rin. Que entonces el pueblo se reunió alrededor del burgo de Maguncia, llorando y solicitando pan. Que el arzobispo se lo negó.

En este punto, la historia se hacía terrible. El pueblo hambriento no se dispersaba y seguía rodeando el palacio del arzobispo, gimiendo. Hatto, enojado, hizo rodear aquellas pobres gentes por sus arqueros que detuvieron a hombres y mujeres, ancianos y niños, y los encerraron en un troje al que prendieron fuego. Fue, añadía la vieja criada, «un espectáculo ante el que hasta las piedras habrían llorado» pero Hatto no hizo sino reír; y cuando aquellos desgraciados, expirando entre las llamas, lanzaban gritos lamentables, éste dijo: «¿Estáis oyendo a las ratas silbar?»

Al día siguiente, del troje fatal sólo quedaban cenizas; no había nadie en Maguncia; la ciudad parecía muerta y desierta cuando, de repente, una multitud de ratas, que pululaban en el troje quemado como los gusanos en las úlceras de Asuero, salían de debajo de la tierra, surgían de entre las losas, salían por las grietas de los muros, renacían bajo el pie que las aplastaba, se multiplicaban bajo las piedras y bajo las mazas, e inundaron las calles, la ciudadela, el palacio, los sótanos, las salas y las alcobas. Era un azote, una plaga, un repugnante hormigueo.

Fuera de sí, Hatto abandonó Maguncia y huyó hacia la llanura pero las ratas lo siguieron; corrió a refugiarse en Bingen que tenía altas murallas, pero las ratas pasaron por encima de las murallas y entraron en Bingen. Entonces el arzobispo mandó construir una torre en medio del Rin y se refugió en ella con la ayuda de una barca alrededor de la cual diez arqueros golpeaban el agua; las ratas se arrojaron al agua, cruzaron el Rin, treparon por la torre, royeron las puertas, el tejado, las ventanas, los techos, los suelos y, llegadas por fin a la mazmorra en la que el miserable arzobispo se había escondido, lo devoraron vivo.

Ahora la maldición del cielo y el horror de los hombres pesan sobre esta torre llamada Maüsethurm. Está desierta, en ruinas en medio del río y, a veces, por la noche, se ve salir de ella un extraño vapor rojizo que parece el humo de una hoguera, pero es el alma de Hatto que regresa.

¿Han observado ustedes algo? La historia es en ocasiones inmoral, los cuentos son siempre honestos, morales y virtuosos. En la historia el más fuerte prospera, los tiranos triunfan, los verdugos gozan de buena salud, los monstruos engordan, los Sila se transforman en buenos burgueses, los Luis XI y los Cromwell mueren en su cama. En los cuentos el infierno es siempre visible. No hay falta que no tenga su castigo a veces incluso exagerado; no hay crimen que no traiga tras de sí un suplicio con frecuencia espantoso; no hay malvado que no se convierta en un desgraciado a veces digno de lástima. Eso ocurre porque la historia se mueve en lo infinito y el cuento en lo finito. El hombre, que hace el cuento, no se siente con derecho a exponer los hechos y dejar suponer las consecuencias de los mismos; porque palpa en la oscuridad, no está seguro de nada, necesita acotarlo todo por medio de una enseñanza, un consejo y una lección; y no se atrevería a inventar acontecimientos sin conclusión inmediata. Dios, que hace la historia, muestra lo que quiere y conoce el resto.

Maüsethurm es un término cómodo. Se ve en él lo que se quiere ver. Hay espíritus que se consideran positivos -y que no son sino áridos-, que expulsan de todo la poesía, y están siempre dispuestos a decirle, como aquel hombre positivo al ruiseñor: «¡Quieres callarte, maldito animal!» Este tipo de mentes explican que la palabra Maüsethurm viene de maus o mauth, que significa peaje. Declaran que en el siglo X, antes de que se ensanchara el cauce del río, el paso del Rin sólo estaba abierto por la orilla izquierda y que la ciudad de Bingen había establecido por medio de esta torre su derecho de fielato sobre los barcos. Se apoyan en que aún hay cerca de Estrasburgo dos torres parecidas dedicadas a la percepción de impuestos sobre los transeúntes, que también se llaman Maüsethurm. Para estos graves pensadores inaccesibles a las fábulas, la torre maldita es una puerta de consumos y Hatto un portalero o aduanero.

Para las gentes sencillas, entre las que me incluyo gustoso, Maüsethurm procede de maüse, que viene de mus y significa rata. Esa supuesta puerta de consumos es la torre de las ratas, y el aduanero un espectro.

Después de todo, las dos opiniones podrían conciliarse. No es absolutamente imposible que hacia el siglo XVI o el XVII, después de Lutero, después de Erasmo, los bugomaestres incrédulos hubieran utilizado la torre de Hatto y hubieran instalado provisionalmente alguna tasa y algún peaje en aquella ruina de mala fama. ¿Por qué no? Roma hizo del templo de Antonino su aduana, su dogana. Lo que Roma hizo respecto a la historia, Bingen pudo hacerlo respecto a la leyenda. Así, mauth tendría razón y maüse no estaría equivocada.

Sea como fuere, desde que la vieja criada me narró el cuento de Hatto, la Maüsethurm había sido una de las visiones habituales de mi espíritu. Ya saben, no hay hombre que no tenga sus fantasmas, como no hay hombre que no tenga sus quimeras. Por la noche pertenecemos a los sueños; a veces los atraviesa un rayo de sol, a veces lo hace una llama; y según el reflejo colorante, el mismo sueño es una gloria celestial o una aparición del infierno. Efecto de luz de Bengala que se produce en la imaginación.

Yo debo reconocer que la torre de las ratas, en medio de su charca de agua, siempre me pareció horrible. Por lo que -¿me atreveré a confesarlo?- cuando el azar, que me pasea a su antojo, me condujo a orillas del Rin, el primer pensamiento que se me ocurrió no fue que vería la cúpula de Maguncia, o la catedral de Colonia o el Palatinado, sino que podría visitar la torre de las ratas.

FIN


Eyes-es-s: La iridología



viernes, 29 de marzo de 2013



Como muchos otros términos científicos actuales (gran explosión, supercuerdas, agujeros negros) el nombre de "materia oscura" es llamativo pero puede conducirnos a interpretaciones erróneas si lo tomamos textualmente. Es bien sabido que en nuestra galaxia existen enormes nubes de polvo interestelar, que bloquean la luz de las estrellas formando regiones oscuras. Pero esto no es "materia oscura". De hecho, detectamos al polvo justamente por el modo en que afecta a la luz de las estrellas. Además, si bien el polvo es opaco observado en luz "visible" (con un telescopio óptico, digamos), aparece brillante en imágenes infrarrojas tomadas desde satélites artificiales.

Tampoco hablar de "materia invisible" sería correcto. Por ejemplo, el gas interestelar (mayormente hidrógeno neutro) es invisible a nuestros ojos (y a los telescopios ópticos), pero emite ondas de radio detectables con radiotelescopios. Hoy en día ya no estamos limitados a la estrecha ventana de la "luz visible". Disponemos de todo tipo de instrumentos, tanto en tierra como en el espacio, capaces de detectar materia que emita desde ondas de radio hasta rayos gamma. Así y todo, seguiría faltando masa para explicar los movimientos de estrellas y galaxias, por lo que el nombre original de "masa faltante" parecería el más adecuado.
En todo caso, al decir "materia oscura" nos referiremos al sentido más amplio del término, es decir, no limitándonos a la luz visible sino abarcando todos los tipos de radiación electromagnética.



El Lado Oscuro de la Fuerza

En cuanto a qué es esta materia oscura o faltante, se presentan dos opciones básicamente distintas, aunque no excluyentes entre sí:
Está constituida por materia común y corriente, pero en formas que aún no pudimos detectar.
Es algún tipo de materia no convencional, que no emite ni absorbe luz, ni ninguna otra radiación detectable.Para el primer caso hay muchos candidatos, y varios grupos de investigadores en todo el mundo están realizando campañas intensas para encontrarlos. Con detectores infrarrojos se han descubierto enanas marrones, demasiado grandes para ser planetas, pero demasiado chicas para brillar como estrellas. El telescopio espacial Hubble permitió también descubrir numerosas enanas blancas (un tipo de "cadáveres estelares") y enanas rojas (verdaderas estrellas pero mucho más débiles que el Sol) antes indetectables. Además de estrellas enanas de todos los colores, otros relevamientos con distintas técnicas están revelando materia en toda una variedad de formas antes nunca "vistas", pero el resultado parece indicar que su masa sumada sería aun insuficiente para dar cuenta de toda la materia oscura.

La segunda opción involucra un problema adicional. Cuando dejamos atrás las galaxias y cúmulos de galaxias para evaluar globalmente al Universo, las teorías cosmológicas más aceptadas no encajan ni de casualidad con la densidad de materia observada. Intentando arreglar esto, se sugiere que sólo estaríamos viendo, como máximo, el 1% de toda la masa del Universo. De no ser así, no hay forma de explicar las propiedades actuales de éste. Peor aun, sólo una pequeña fracción de toda la masa del Universo estaría en forma de materia ordinaria (estrellas y sus remanentes, gas y polvo, planetas). Para el resto se postulan todo tipo de candidatos: neutrinos, axiones, monopolos, cuerdas cósmicas, racimos de quarks, y una larga lista de entidades exóticas, la mayoría de ellas pobremente conocidas o apenas imaginadas. Por tratarse de materia no convencional, que no absorbe y emite radiación electromagnética (luz, ondas de radio, etc.) como la materia "normal", su detección parece fuera de nuestro alcance por el momento, aunque podríamos acotar los candidatos con mejores teorías de formación y evolución de galaxias.

El hecho es que tanto astrofísicos teóricos como observadores parecen converger en una conclusión perturbadora: la mayor parte de la masa del Universo no se puede ver, y, lo que es peor, ni siquiera se sabría de qué está compuesta. Para complicar aun más las cosas, en los últimos años ha resucitado la constante cosmológica, un término que Einstein había agregado a sus ecuaciones y luego desechó, arrepentido, porque no parecía tener ningún sentido físico. Esta constante implica una fuerza repulsiva, de origen desconocido, capaz de acelerar la expansión del Universo (independientemente de cuál es su densidad), y las últimas mediciones de supernovas lejanas parecen justamente indicar una aceleración. Debido a la relación entre energía y masa establecida por la teoría de la relatividad, esta fuerza, ya sea que provenga de la constante cosmológica o de otro origen, jugaría un papel similar al de la materia oscura. Por ello recibe el nombre (tenebroso aunque poco original a esta altura) de "energía oscura". Como vemos, el Universo ha caído en poder de Lord Darth Vader, el personaje siniestro de Star Wars, cuyo nombre, dicho sea de paso, suena muy parecido a dark matter (materia oscura, en inglés).


Echoes Pink Floyd


OVERHEAD THE ALBATROSS
HANGS MOTIONLESS UPON THE AIR
AND DEEP BENEATH THE ROLLING WAVES
IN LABYRINTHS OF CORAL CAVES
AN ECHO OF A DISTANT TIME
COMES WILLOWING ACROSS THE SAND
AND EVERYTHING IS GREEN AND SUBMARINE.
AND NO ONE CALLED US TO THE LAND
AND NO ONE KNOWS THE WHERES OR WHYS.
SOMETHING STIRS AND SOMETHING TRIES
STARTS TO CLIMB TOWARD THE LIGHT.
STRANGERS PASSING IN THE STREET
BY CHANCE TWO SEPARATE GLANCES MEET
AND I AM YOU AND WHAT I SEE IS ME.
AND DO I TAKE YOU BY THE HAND
AND LEAD YOU THROUGH THE LAND
AND HELP ME UNDERSTAND
THE BEST I CAN.
AND NO ONE CALLED US TO THE LAND
AND NO ONE CROSSES THERE ALIVE.
NO ONE SPEAKS AND NO ONE TRIES
NO ONE FLIES AROUND THE SUN....
ALMOST EVERYDAY YOU FALL
UPON MY WAKING EYES,
INVITING AND INCITING ME
TO RISE.
AND THROUGH THE WINDOW IN THE WALL
COME STREAMING IN ON SUNLIGHT WINGS
A MILLION BRIGHT AMBASSADORS OF MORNING.
AND NO ONE SINGS ME LULABYES
AND NO ONE MAKES ME CLOSE MY EYES
SO I THROW THE WINDOWS WIDE

AND CALL TO YOU ACROSS THE SKY
....