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jueves, 12 de febrero de 2015

Campanas de diamante

«Luz clara y cuerpo ilusión son uno.»
Cuando oigo vibrar el centelleo de las campanas vacías me doy cuenta
de que Napoleón tenía dedos en los pies
Frankenstein un dedo gordo
Hayagriva caballo cósmico un dedo gordo partido
La Virgen María pies blancos se casó con José pies morenos, la inseminó
                         una blanca paloma transparente con tres dedos en los pies
¿Cuántos dedos tiene Dios? Nadie conoce los pies de Yavé
¿y los de Alá? Mahoma, proféticos diez
Jesucristo bien que besó dedos humanos
Sealo, el Muchacho Foca que tenía en los hombros manos aletas
                         con dos dedos podía fumar y escribir a máquina con los diez dedos de los pies
vendía inodorcitos blancos envueltos en papel higiénico, souvenirs a un dólar
Shelly diez puros dedos pálidos
Michelangelo tuvo cinco dígitos por pie, Da Vinci trazó diez sobre sus dos pies
Los dedos de las moscas se quedan pegados en las telas de araña
Las arañas deslizan sus pies veloces por las redes pegajosas
pican las plantas, los dedos se enroscan
Me golpeé el cuarto dedo de mi pie descalzo con la escalerita una noche oscura
                          de un viernes, pero aún se mueve
caminar sobre el barro con nieve es duro, duele la espalda
John Madison tiene dedos de chocolate
Hitler dedos naturales
Buda diez dedos iluminados en sus pies descalzos
Apoyar mi cráneo sobre almohadas nocturnas, descansar en el regazo de Tara entre sus dedos suaves
Lama Yab Yum sueña con 20 dedos
Vacío billones de dedos innumerables
Cuando los hombres envejecen se les ponen duras como marfil las uñas de los pies
A los cenotafios les crecen uñas muertas
Napoleón llevaba uñas del pie dentro de sus botas bien lustradas
Las uñas de los pies del elefante chocan con los codos de las matas
Así de vibrante es el centelleo de las campanas vacías


Versión de Ana Becciu
De "Muerte y fama" Editorial Lumen, S.A. 2000

París

A mediados de un verano tormentoso
conociste a una joven ciega en una librería.
Sus dedos acariciaban los adornos
de los lomos, justo cuando estiraste el brazo
y tocaste sus descuidados rizos.
En un parque cercano, sus besos fueron tan certeros
como pellizcos. Cuando le posabas una mano
en la cadera, la costilla o el tobillo, sus ojos
parpadeaban, desmemoriados como las fuentes,
y cualquier movimiento precipitado estaba hecho a tu medida.
Durante toda una semana soñaste
a través de campanas en caída y aves de paso
con un edificio que sobresalía por encima de las iglesias,
tan alto que tu estómago se tambaleaba
y el suelo alzaba el brazo con su estúpido deseo.
Solo se quedó una vez. Afuera, los coches suspiraban
y tonos de lluvia contenían la habitación
en la que su mirada inquieta releía sin descanso el techo,
en la que cada movimiento sacádico se frenaba y repetía,
captando lo que nunca llegarías a entender.
Sam Riviere
(Traducción: Alberto Acerete)

Wislawa Szymborska


“Me gustan los mapas porque mienten.
Porque no dejan paso a la cruda verdad.
Porque magnánimos y con humor bonachón
me despliegan en la mesa un mundo / no de este mundo”.

Extractos. Mars de Fritz Zorn

  • « Je suis jeune et riche et cultivé ; et je suis malheureux, névrosé et seul. Je descends d'une des meilleures familles de la rive droite du lac de Zurich, qu'on appelle aussi la Rive dorée. J'ai eu une éducation bourgeoise et j'ai été sage toute ma vie. Ma famille est passablement dégénérée, c'est pourquoi j'ai sans doute une lourde hérédité et je suis abîmé par mon milieu. Naturellement j'ai aussi le cancer, ce qui va de soi si l'on en juge d'après ce que je viens de dire. Cela dit, la question du cancer se présente d'une double manière : d'une part c'est une maladie du corps, dont il est bien probable que je mourrai prochainement, mais peut-être aussi puis-je la vaincre et survivre ; d'autre part, c'est une maladie de l'âme, dont je ne puis dire qu'une chose : c'est une chance qu'elle se soit enfin déclarée. Je veux dire par là qu'avec ce que j'ai reçu de ma famille au cours de ma peu réjouissante existence, la chose la plus intelligente que j'aie jamais faite, c'est d'attraper le cancer ».
  • « Je n’ai pas encore vaincu ce que je combats ; mais je ne suis pas encore vaincu non plus et, ce qui est le plus important, je n’ai pas encore capitulé. Je me déclare en état de guerre totale ».
  • « Survivrai-je à cette maladie? Aujourd'hui je n'en sais rien. Au cas où j'en mourrais, on pourra dire de moi que j'ai été éduqué à mort ».

LESBOS

«¡Depravación en la cocina!
Chistan las patatas.
Todo es muy Hollywood, sin ventanas,
con la luz fluorescente pestañeando como una jaqueca terrible,
modosas tiras de papel a guisa de puertas...
Telones de teatro, bucle de viuda.
Y yo, querida, soy una embustera patológica,
Y mi niña – mírala, boca abajo, en el suelo,
como una marioneta sin hilos, pataleando para desaparecer...
Esquizofrénica perdida,
con la carne roja y blanca, un verdadero susto,
tú sacaste sus gatitos por la ventana,
a una especie de pozo de cemento,
donde cagan y vomitan y chillan sin que ella los oiga.
Dices que no la puedes soportar,
la hija de puta es una niña.
Te has fundido las lámparas como una mala radio
limpia de voces y de historia, el estático
ruido de lo nuevo.
Dices que debería ahogar a los gatitos. ¡Cómo apestan!
Dices que debería ahogar a mi niña.
Si a los dos años ya está loca, a los diez se rebanará el cuello.
El niño sonríe, caracol gordo,
desde los pulidos losanges del linóleo color naranja.
Te lo comerías. Es un chico.
Dices que tu marido no te vale para nada.
Su judía mamá le guarda el encantador sexo como una perla.
Tú tienes un niño, yo tengo dos.
Debería sentarme en una roca, frente a la costa de Cornualles, y peinarme el cabello.
Debería llevar pantalones de tigre, debería liarme con alguien.
Deberíamos encontrarnos en otra vida, encontrarnos en el aire, yo y tú.

Mientras tanto, huele a grasa y a cagada de niño.
Estoy amodorrada y torpe por culpa de la última píldora para dormir.
El humazo de la cocina, el humazo del infierno,
inunda nuestras cabezas, dos venenos opuestos,
nuestros huesos, nuestros cabellos.
Te llamo la Huérfana, huérfana. Estás enferma.
Al sol te salen úlceras, y el viento te pone tuberculosa.
Fuiste bella una vez.
En Nueva York, en Hollywood, los hombres decían: “¿Ya has acabado?
Vaya, chica, eres un fenómeno”.
Tú fingías, fingías, por el gusto de hacerlo.
El marido impotente ranquea hacia la calle en busca de un
café. Yo trato de que no se vaya,
vieja estaca que atraiga los rayos,
los baños de ácido, los cielos que se te desploman.
Se lo traga todo mientras desciende por la colina empedrada de plástico,
vapuleando carromato. Las chipas son azules.
Las chipas azules se desparraman,
escindiéndose como el cuarzo en millones de trozos.

¡Oh joya! ¡Oh objeto precioso!
Esta noche, la luna
llevaba a rastras su saco de sangre, enfermo
animal,
por encima de las luces del puerto.
Y luego se normalizó,
dura y distante y blanca.
El escamoso lustre de la arena me daba un miedo mortal.
Nos entretuvimos en cogerla a puñados, amándola,
amasándola, cuerpo de mulato,
sémola de seda.
Un perro recogió a tu perrudo marido. Pasó de largo.

Ahora estoy callada, con el odio
hasta la barbilla,
espeso, espeso.
No hablo.
Estoy empaquetando las duras patatas como si fueran ropa de vestir;
estoy empaquetando los niños,
estoy empaquetando a los gatos enfermos.
Oh recipiente de ácido,
es de amor de lo que estás lleno. Sabes a quién odias.
Él está abrazado a su bola y a su cadena, allá abajo, en el portal
que da al mar
en el punto en que se mete, blanco y negro,
para escupirse luego.
Tú lo rellenas todos los días de material anímico, como un
jarro. Estás tan casada.
Tu voz es un pendiente en mi oreja,
que aletea y que chupa, como un murciélago sanguinario.
Eso es. Ya está bien.
Fisgas desde la puerta,
triste bruja. “Todas las mujeres son unas putas.
No logro comunicar con nadie.”

Veo tu ambiente tan bien compuesto
cerrarse sobre ti como el puño de un niño
o una anémona, esa novia
del mar, esa cleptómana.
Yo todavía estoy cruda.
Digo que quizá vuelva.
Ya sabes para qué sirven las mentiras.

No hemos de encontrarnos ni en tu cielo Zen.»
(versión de Ramón Buenaventura)

Ariel
LESBOS
«¡Crueldad en la cocina!
Las patatas hierven.
Hollywood en estado puro, sin ventanas,
la luz fluorescente crispándose como atacada de una terrible migraña,
el papel barato se despega de las puertas –
las cortinas del escenario, una viuda con el pelo rizado.
Y yo, amor mío, soy una mentirosa patológica,
y mi niña – mírala, boja abajo en el suelo,
pequeña marioneta sin hilos, pataleando para desaparecer-
por qué es esquizofrénica,
su cara blanca y colorada, un horror,
has tirado sus gatitos por la ventana
a un patio de cemento
en el que cagan y vomitan y lloran y ella no puede oírlos.
Dices que no puedes soportarla,
es una bastarda.
Tú que has reventado tus bronquios como una radio averiada
vacía de voces e historia, el estático
ruido de lo nuevo.
Dices que yo debería ahogar a los gatitos. ¡Su olor!
Dices que debería ahogar a mi niña.
Ella le cortará el cuello a las diez si enloquece a las dos.
La niña sonríe, caracol gordo,
desde los encerados rombos de linóleo naranja.
Podrías comértelo. Es un niño.
Dices que tu marido no te trata bien.
Su mamá-judía custodia su dulce sexo como una perla.
Tú tienes un bebé. Yo tengo dos.
Tendría que sentarme a peinar mis cabellos sobre una roca en Cornualles.
Tendría que llevar pantalones de tigre, debería tener una aventura.
Tendríamos que encontrarnos en otra vida,
tendríamos que encontrarnos en el aire,
tú y yo.

Entretanto hay un hedor a gordura y caca de bebé.
Estoy confusa, drogada con mi último somnífero.
El humo de la cocina, el humo del infierno
flota sobre nuestras cabezas, dos enemigos venenosos,
sobre nuestros huesos, sobre nuestro pelo.
Te llamo Huérfana, huérfana. Estás enferma.
El sol te produce úlceras, el viento, tuberculosis.
Llegaste a ser hermosa.
En Nueva York, en Hollywood, los hombres decían: “¿Ya acabaste?
Oye, eres un poco rara.”
Actuabas, actuabas, actuabas para emocionarnos.
El marido impotente sale tambaleándose a por su café.
Trato de impedírselo,
su viejo poste para los rayos,
los baños de ácido, un cielo lejano.
Él con todo hace un montón al bajar la cuesta adoquinada de plástico,
tranvía flagelado. Las chipas son azules.
Saltan las chispas azules,
desintegrándose como el cuarzo en millones de partículas.

¡Oh, joya! ¡Oh, tesoro!
Aquella noche la luna
arrastraba su bolsa de sangre, animal
enfermo
más allá de las luces de puerto.
Y luego volvió a su normalidad,
indiferente y lejana y blanca.
Su reflejo en la arena me aterró.
Seguimos haciendo montones, disfrutando,
modelándola como si fuera masa, un cuerpo de mulata,
arena de seda.
Un perro ayudó a levantarse a tu despreciable marido.
Él siguió su marcha.

Ahora callo, mi cuerpo está
lleno de odio,
profundo, profundo.
No digo nada.
Guardo las patatas viejas como si fueran ropa buena,
guardo los niños,
guardo los gatos enfermos.
Oh, vasija de ácido,
es el amor quien te llena. Sabes a quien odias.
Él se abraza a su bola y a su cadena junto a la puerta
que se abre al mar
a donde lo conduce, blanco y negro,
para luego vomitarlo.
Todos los días lo colmas con asuntos del alma, como si fuese un cántaro.
Estás agotada.
Tu voz mi pendiente,
aleteando y succionando, murciélago sediento de sangre.
Así son las cosas. Así son las cosas.
Observas desde la puerta,
triste hechicera. “Todas las mujeres son unas putas.
No sé como comunicarme.”


Veo tu hermoso decorado
cerrarse sobre ti como el puño de un bebé
o como una anémona, la enamorada
del mar, esa cleptómana.
Todavía soy pura.
Digo que puede que regrese.
Ya sabes para qué se miente.
Ni siquera en tu cielo Zen lograremos encontrarnos.»
(versión Manuel Ramos Chouza)

Árboles de invierno
Sylvia Plath
He visto cómo te embriagas con el rico olor de los mataderos
Joyce Mansour

ASESINO
Elevaste hasta matar

Tu boca destiñe palabras
me quieres,
soy hermosa,
tus manos va buscando mis senos,
y me quieres,
no se nota pero yo lo noto,
yo sé,
te detengo
tus ojos destiñen abismo,
sabés, ves que sé
ahora sí me quieres
tus manos no buscan nada,
me miras, yo te buscaré mucho después
Los niños dibujan monstruos sanguinarios, insignias nazis y aviones de caza (o, los más adelantados, coños y pollas), rara vez flores.
Jed ignoraba entonces, al igual que Vanessa, que las flores sólo son órganos sexuales, vaginas abrigadas que adornan la superficie del mundo, entregadas a la lubricidad de los insectos.
Michel Houellebecq