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lunes, 25 de marzo de 2013



Just gonna have to be a different man
Time may change me
But I can't trace time

domingo, 24 de marzo de 2013



Con el fin de ayudar a preservar los recursos naturales de nuestro planeta, muchos de los más grandes pensadores del mundo y científicos a través de la historia, han observado una dieta vegetariana y han afirmado la necesidad de ésta desde el punto de vista tanto moral como lógico.


Por ejemplo, Sir Isaac Newton, “el padre de la física”, y Leonardo Da Vinci, un científico de medio tiempo, quien hizo importantes descubrimientos en hidráulica, óptica y mecánica, fueron ambos vegetarianos. De hecho, Da Vinci era tan ferviente acerca del vegetarianismo que compraba pollos enjaulados y los liberaba. Además, Srinivasa Ramanujan (1887-1920), considerado el más grande matemático de los últimos 1000 años, también era vegetariano.



Otro entusiasta vegetariano, el gran inventor, físico e ingeniero Nikola Tesla (1856-1943), quien ayudó a desarrollar el sistema eléctrico AC (de corriente alterna) utilizado para darle energía a la civilización moderna, vivió en suntuosidad, con comidas personalizadas ordenadas en el Hotel Waldorf-Astoria, en Nueva York. En relación a los beneficios físicos y morales del vegetarianismo, Tesla escribió:

“Según principios generales, la crianza de ganado como medio para proveer alimento, es objetable. Ciertamente es preferible hacer cultivar vegetales y pienso, por lo tanto, que el vegetarianismo es un distanciamiento encomiable del barbárico hábito establecido. Que podamos subsistir a base de alimentos derivados de las plantas y desempeñar nuestro trabajo incluso ventajosamente, no es una teoría, sino un hecho bien demostrado. Muchas razas que viven casi exclusivamente de vegetales son de un físico y fortaleza superiores. No hay duda de que algunos alimentos derivados de las plantas, como la avena, son más económicos que la carne, y superiores a ésta con respecto tanto al desempeño mecánico como al mental. Tales alimentos, además, ponen a prueba decididamente menos a nuestros órganos digestivos y, al hacernos más satisfechos y sociables, producen una cantidad de beneficios difíciles de estimar. Viendo estos hechos, debería hacerse todos los esfuerzos por detener la desenfrenada y cruel matanza de animales, la cual puede ser destructiva para nuestra moralidad.

El progresista Tesla también teorizó que algún día la humanidad podría aprender a sustentarse por sí misma directamente haciendo uso del campo de energía universal. 
Thomas Edison (1847-1931), el más grande inventor en la historia y también vegetariano, escribió: “El vegetarianismo tiene una poderosa influencia sobre la mente y su funcionamiento, así como sobre la salud y vigor del cuerpo. Hasta que dejemos de dañar a todos los otros seres vivos, aún seremos salvajes”.

Otro vegetariano eminente fue Albert Einstein (1879-1955), ampliamente considerado como el científico más grande del siglo XX y promotor de la paz de toda la vida, dijo: “Nada beneficiará a la salud humana e incrementará las probabilidades de supervivencia de la vida sobre la Tierra como la evolución hacia una dieta vegetariana.” En una nota similar declaró: “Nuestra tarea debe ser ampliar nuestro círculo de compasión, para así incluir a todas las criaturas vivientes y a la naturaleza entera en su belleza”. Y, el día en que se volvió vegetariano, Einstein escribió en su diario: “De modo que estoy viviendo sin grasas, sin carne, sin pescado, pero me siento muy bien así. Siempre me ha parecido que el hombre no nació para ser carnívoro”.

Desde que Einstein presentó su innovadora teoría de la relatividad hace cien años, el mundo no ha visto a nadie que iguale su genialidad; sin embargo, un físico contemporáneo, Edward Witten, es visto por muchos como su sucesor y también es conocido como el matemático y teórico de la “teoría de las cuerdas”* más importante del mundo. Además de sus destrezas científicas, Witten es similar a Einstein en cuanto él es vegetariano y trabaja en los mismos problemas de la física y en el mismo edificio de la Universidad de Princenton en donde Einstein trabajó.

sábado, 23 de marzo de 2013


JUEGAN, SE RIEN HASTA AHOGARSE EN SUS DIENTES TRAGANDO EL COLMILLO QUE SE CLAVA EN EL CORAZON

Franz Kafka


"El silencio de las sirenas"

Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:
Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente.
Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.
En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.
Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.
Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.
Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.
La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.

floyder: Chapter 24




VEGETABLE



sábado, 16 de marzo de 2013



- ¿NO SE TE OLVIDA NADA? -


Inmaculada Mengíbar


Desayunar croissants en hoteles de mil estrellas.


Despertar


viendo el mar a través de palmeras


inmensas,


buscándonos después de habernos


sumergido


en nuestras propias olas


y volver a la orilla entre risas de sol y zumo de


naranja


empapados de besos. La droga de vivir


pendiente de la droga que era tenerte cerca


(aunque pensar en ti


fue también una forma de tenerte conmigo


durante tantos años),


el terror de los sueños a hacerse realidad


y un miedo inconfesable a no tener excusas,


todo parece hoy tan lejano y tan mío.


Escapar de algo juntos hacia nunca.


Hacia siempre.


O dejar que el azar hiciera de las suyas


y eso nos perdiera.


Escapar de algo juntos.


Tener la vida entera para escondernos


y (¿por qué no me dijiste todo esto,


entonces?)


tener el tiempo justo para meterlo todo


en un poco de tiempo:


la playa, las camisas, los paseos, los libros,


los ratos de silencio, las caricias, las huidas,


las trampas peligrosas donde caemos a


veces,


las palabras que al fin terminan


rescatándonos,


esos vaqueros claros,


la cinta de Iggy Pop que te grabó tu hijo,


los pantalones negros que te sientan tan


bien,


y la cena de anoche,


el postre que pedí de nueces y de fresas,


lo que estuviste a punto de decirme


y callaste.


Desayunar croissants en hoteles de mil


estrellas.


Despertamos


entre un oleaje de coches que se abren


como barcas al mar


–la Gran Vía bebiendo el sol de la mañana–


y un cielo transparente de agua mineral.


La droga de vivir.


Tener el tiempo justo para meterlo todo


en un poco de tiempo:


la chaqueta de cuero que llevabas


el primer día, los planes para volver a vernos,


el colchón en el suelo,


las bebidas de anoche a medio terminar,


una imagen de ti con el pelo mojado


saliendo de la ducha,


el tacto de tu piel todavía en mis dedos,


los vaqueros oscuros,


esa camisa blanca que te sienta tan bien,


las ganas de reír en plena madrugada.


Vámonos. Todo listo.


¿No se te olvida nada?


Ya en el taxi,


Buscábamos palabras para decir adiós


y encontrábamos besos.


Y después, al llegar a la sala de embarque…


Mejor no recordar el aeropuerto


(La realidad no dura mucho tiempo.)