- « Je suis jeune et riche et cultivé ; et je suis malheureux, névrosé et seul. Je descends d'une des meilleures familles de la rive droite du lac de Zurich, qu'on appelle aussi la Rive dorée. J'ai eu une éducation bourgeoise et j'ai été sage toute ma vie. Ma famille est passablement dégénérée, c'est pourquoi j'ai sans doute une lourde hérédité et je suis abîmé par mon milieu. Naturellement j'ai aussi le cancer, ce qui va de soi si l'on en juge d'après ce que je viens de dire. Cela dit, la question du cancer se présente d'une double manière : d'une part c'est une maladie du corps, dont il est bien probable que je mourrai prochainement, mais peut-être aussi puis-je la vaincre et survivre ; d'autre part, c'est une maladie de l'âme, dont je ne puis dire qu'une chose : c'est une chance qu'elle se soit enfin déclarée. Je veux dire par là qu'avec ce que j'ai reçu de ma famille au cours de ma peu réjouissante existence, la chose la plus intelligente que j'aie jamais faite, c'est d'attraper le cancer ».
- « Je n’ai pas encore vaincu ce que je combats ; mais je ne suis pas encore vaincu non plus et, ce qui est le plus important, je n’ai pas encore capitulé. Je me déclare en état de guerre totale ».
- « Survivrai-je à cette maladie? Aujourd'hui je n'en sais rien. Au cas où j'en mourrais, on pourra dire de moi que j'ai été éduqué à mort ».
jueves, 12 de febrero de 2015
Extractos. Mars de Fritz Zorn
LESBOS
«¡Depravación en la cocina!
Chistan las patatas.
Todo es muy Hollywood, sin ventanas,
con la luz fluorescente pestañeando como una jaqueca terrible,
modosas tiras de papel a guisa de puertas...
Telones de teatro, bucle de viuda.
Y yo, querida, soy una embustera patológica,
Y mi niña – mírala, boca abajo, en el suelo,
como una marioneta sin hilos, pataleando para desaparecer...
Esquizofrénica perdida,
con la carne roja y blanca, un verdadero susto,
tú sacaste sus gatitos por la ventana,
a una especie de pozo de cemento,
donde cagan y vomitan y chillan sin que ella los oiga.
Dices que no la puedes soportar,
la hija de puta es una niña.
Te has fundido las lámparas como una mala radio
limpia de voces y de historia, el estático
ruido de lo nuevo.
Dices que debería ahogar a los gatitos. ¡Cómo apestan!
Dices que debería ahogar a mi niña.
Si a los dos años ya está loca, a los diez se rebanará el cuello.
El niño sonríe, caracol gordo,
desde los pulidos losanges del linóleo color naranja.
Te lo comerías. Es un chico.
Dices que tu marido no te vale para nada.
Su judía mamá le guarda el encantador sexo como una perla.
Tú tienes un niño, yo tengo dos.
Debería sentarme en una roca, frente a la costa de Cornualles, y peinarme el cabello.
Debería llevar pantalones de tigre, debería liarme con alguien.
Deberíamos encontrarnos en otra vida, encontrarnos en el aire, yo y tú.
Mientras tanto, huele a grasa y a cagada de niño.
Estoy amodorrada y torpe por culpa de la última píldora para dormir.
El humazo de la cocina, el humazo del infierno,
inunda nuestras cabezas, dos venenos opuestos,
nuestros huesos, nuestros cabellos.
Te llamo la Huérfana, huérfana. Estás enferma.
Al sol te salen úlceras, y el viento te pone tuberculosa.
Fuiste bella una vez.
En Nueva York, en Hollywood, los hombres decían: “¿Ya has acabado?
Vaya, chica, eres un fenómeno”.
Tú fingías, fingías, por el gusto de hacerlo.
El marido impotente ranquea hacia la calle en busca de un
café. Yo trato de que no se vaya,
vieja estaca que atraiga los rayos,
los baños de ácido, los cielos que se te desploman.
Se lo traga todo mientras desciende por la colina empedrada de plástico,
vapuleando carromato. Las chipas son azules.
Las chipas azules se desparraman,
escindiéndose como el cuarzo en millones de trozos.
¡Oh joya! ¡Oh objeto precioso!
Esta noche, la luna
llevaba a rastras su saco de sangre, enfermo
animal,
por encima de las luces del puerto.
Y luego se normalizó,
dura y distante y blanca.
El escamoso lustre de la arena me daba un miedo mortal.
Nos entretuvimos en cogerla a puñados, amándola,
amasándola, cuerpo de mulato,
sémola de seda.
Un perro recogió a tu perrudo marido. Pasó de largo.
Ahora estoy callada, con el odio
hasta la barbilla,
espeso, espeso.
No hablo.
Estoy empaquetando las duras patatas como si fueran ropa de vestir;
estoy empaquetando los niños,
estoy empaquetando a los gatos enfermos.
Oh recipiente de ácido,
es de amor de lo que estás lleno. Sabes a quién odias.
Él está abrazado a su bola y a su cadena, allá abajo, en el portal
que da al mar
en el punto en que se mete, blanco y negro,
para escupirse luego.
Tú lo rellenas todos los días de material anímico, como un
jarro. Estás tan casada.
Tu voz es un pendiente en mi oreja,
que aletea y que chupa, como un murciélago sanguinario.
Eso es. Ya está bien.
Fisgas desde la puerta,
triste bruja. “Todas las mujeres son unas putas.
No logro comunicar con nadie.”
Veo tu ambiente tan bien compuesto
cerrarse sobre ti como el puño de un niño
o una anémona, esa novia
del mar, esa cleptómana.
Yo todavía estoy cruda.
Digo que quizá vuelva.
Ya sabes para qué sirven las mentiras.
No hemos de encontrarnos ni en tu cielo Zen.»
(versión de Ramón Buenaventura)
Ariel
LESBOS
«¡Crueldad en la cocina!
Las patatas hierven.
Hollywood en estado puro, sin ventanas,
la luz fluorescente crispándose como atacada de una terrible migraña,
el papel barato se despega de las puertas –
las cortinas del escenario, una viuda con el pelo rizado.
Y yo, amor mío, soy una mentirosa patológica,
y mi niña – mírala, boja abajo en el suelo,
pequeña marioneta sin hilos, pataleando para desaparecer-
por qué es esquizofrénica,
su cara blanca y colorada, un horror,
has tirado sus gatitos por la ventana
a un patio de cemento
en el que cagan y vomitan y lloran y ella no puede oírlos.
Dices que no puedes soportarla,
es una bastarda.
Tú que has reventado tus bronquios como una radio averiada
vacía de voces e historia, el estático
ruido de lo nuevo.
Dices que yo debería ahogar a los gatitos. ¡Su olor!
Dices que debería ahogar a mi niña.
Ella le cortará el cuello a las diez si enloquece a las dos.
La niña sonríe, caracol gordo,
desde los encerados rombos de linóleo naranja.
Podrías comértelo. Es un niño.
Dices que tu marido no te trata bien.
Su mamá-judía custodia su dulce sexo como una perla.
Tú tienes un bebé. Yo tengo dos.
Tendría que sentarme a peinar mis cabellos sobre una roca en Cornualles.
Tendría que llevar pantalones de tigre, debería tener una aventura.
Tendríamos que encontrarnos en otra vida,
tendríamos que encontrarnos en el aire,
tú y yo.
Entretanto hay un hedor a gordura y caca de bebé.
Estoy confusa, drogada con mi último somnífero.
El humo de la cocina, el humo del infierno
flota sobre nuestras cabezas, dos enemigos venenosos,
sobre nuestros huesos, sobre nuestro pelo.
Te llamo Huérfana, huérfana. Estás enferma.
El sol te produce úlceras, el viento, tuberculosis.
Llegaste a ser hermosa.
En Nueva York, en Hollywood, los hombres decían: “¿Ya acabaste?
Oye, eres un poco rara.”
Actuabas, actuabas, actuabas para emocionarnos.
El marido impotente sale tambaleándose a por su café.
Trato de impedírselo,
su viejo poste para los rayos,
los baños de ácido, un cielo lejano.
Él con todo hace un montón al bajar la cuesta adoquinada de plástico,
tranvía flagelado. Las chipas son azules.
Saltan las chispas azules,
desintegrándose como el cuarzo en millones de partículas.
¡Oh, joya! ¡Oh, tesoro!
Aquella noche la luna
arrastraba su bolsa de sangre, animal
enfermo
más allá de las luces de puerto.
Y luego volvió a su normalidad,
indiferente y lejana y blanca.
Su reflejo en la arena me aterró.
Seguimos haciendo montones, disfrutando,
modelándola como si fuera masa, un cuerpo de mulata,
arena de seda.
Un perro ayudó a levantarse a tu despreciable marido.
Él siguió su marcha.
Ahora callo, mi cuerpo está
lleno de odio,
profundo, profundo.
No digo nada.
Guardo las patatas viejas como si fueran ropa buena,
guardo los niños,
guardo los gatos enfermos.
Oh, vasija de ácido,
es el amor quien te llena. Sabes a quien odias.
Él se abraza a su bola y a su cadena junto a la puerta
que se abre al mar
a donde lo conduce, blanco y negro,
para luego vomitarlo.
Todos los días lo colmas con asuntos del alma, como si fuese un cántaro.
Estás agotada.
Tu voz mi pendiente,
aleteando y succionando, murciélago sediento de sangre.
Así son las cosas. Así son las cosas.
Observas desde la puerta,
triste hechicera. “Todas las mujeres son unas putas.
No sé como comunicarme.”
Veo tu hermoso decorado
cerrarse sobre ti como el puño de un bebé
o como una anémona, la enamorada
del mar, esa cleptómana.
Todavía soy pura.
Digo que puede que regrese.
Ya sabes para qué se miente.Ni siquera en tu cielo Zen lograremos encontrarnos.»
(versión Manuel Ramos Chouza)
Árboles de invierno
Sylvia Plath
Chistan las patatas.
Todo es muy Hollywood, sin ventanas,
con la luz fluorescente pestañeando como una jaqueca terrible,
modosas tiras de papel a guisa de puertas...
Telones de teatro, bucle de viuda.
Y yo, querida, soy una embustera patológica,
Y mi niña – mírala, boca abajo, en el suelo,
como una marioneta sin hilos, pataleando para desaparecer...
Esquizofrénica perdida,
con la carne roja y blanca, un verdadero susto,
tú sacaste sus gatitos por la ventana,
a una especie de pozo de cemento,
donde cagan y vomitan y chillan sin que ella los oiga.
Dices que no la puedes soportar,
la hija de puta es una niña.
Te has fundido las lámparas como una mala radio
limpia de voces y de historia, el estático
ruido de lo nuevo.
Dices que debería ahogar a los gatitos. ¡Cómo apestan!
Dices que debería ahogar a mi niña.
Si a los dos años ya está loca, a los diez se rebanará el cuello.
El niño sonríe, caracol gordo,
desde los pulidos losanges del linóleo color naranja.
Te lo comerías. Es un chico.
Dices que tu marido no te vale para nada.
Su judía mamá le guarda el encantador sexo como una perla.
Tú tienes un niño, yo tengo dos.
Debería sentarme en una roca, frente a la costa de Cornualles, y peinarme el cabello.
Debería llevar pantalones de tigre, debería liarme con alguien.
Deberíamos encontrarnos en otra vida, encontrarnos en el aire, yo y tú.
Mientras tanto, huele a grasa y a cagada de niño.
Estoy amodorrada y torpe por culpa de la última píldora para dormir.
El humazo de la cocina, el humazo del infierno,
inunda nuestras cabezas, dos venenos opuestos,
nuestros huesos, nuestros cabellos.
Te llamo la Huérfana, huérfana. Estás enferma.
Al sol te salen úlceras, y el viento te pone tuberculosa.
Fuiste bella una vez.
En Nueva York, en Hollywood, los hombres decían: “¿Ya has acabado?
Vaya, chica, eres un fenómeno”.
Tú fingías, fingías, por el gusto de hacerlo.
El marido impotente ranquea hacia la calle en busca de un
café. Yo trato de que no se vaya,
vieja estaca que atraiga los rayos,
los baños de ácido, los cielos que se te desploman.
Se lo traga todo mientras desciende por la colina empedrada de plástico,
vapuleando carromato. Las chipas son azules.
Las chipas azules se desparraman,
escindiéndose como el cuarzo en millones de trozos.
¡Oh joya! ¡Oh objeto precioso!
Esta noche, la luna
llevaba a rastras su saco de sangre, enfermo
animal,
por encima de las luces del puerto.
Y luego se normalizó,
dura y distante y blanca.
El escamoso lustre de la arena me daba un miedo mortal.
Nos entretuvimos en cogerla a puñados, amándola,
amasándola, cuerpo de mulato,
sémola de seda.
Un perro recogió a tu perrudo marido. Pasó de largo.
Ahora estoy callada, con el odio
hasta la barbilla,
espeso, espeso.
No hablo.
Estoy empaquetando las duras patatas como si fueran ropa de vestir;
estoy empaquetando los niños,
estoy empaquetando a los gatos enfermos.
Oh recipiente de ácido,
es de amor de lo que estás lleno. Sabes a quién odias.
Él está abrazado a su bola y a su cadena, allá abajo, en el portal
que da al mar
en el punto en que se mete, blanco y negro,
para escupirse luego.
Tú lo rellenas todos los días de material anímico, como un
jarro. Estás tan casada.
Tu voz es un pendiente en mi oreja,
que aletea y que chupa, como un murciélago sanguinario.
Eso es. Ya está bien.
Fisgas desde la puerta,
triste bruja. “Todas las mujeres son unas putas.
No logro comunicar con nadie.”
Veo tu ambiente tan bien compuesto
cerrarse sobre ti como el puño de un niño
o una anémona, esa novia
del mar, esa cleptómana.
Yo todavía estoy cruda.
Digo que quizá vuelva.
Ya sabes para qué sirven las mentiras.
No hemos de encontrarnos ni en tu cielo Zen.»
(versión de Ramón Buenaventura)
Ariel
LESBOS
«¡Crueldad en la cocina!
Las patatas hierven.
Hollywood en estado puro, sin ventanas,
la luz fluorescente crispándose como atacada de una terrible migraña,
el papel barato se despega de las puertas –
las cortinas del escenario, una viuda con el pelo rizado.
Y yo, amor mío, soy una mentirosa patológica,
y mi niña – mírala, boja abajo en el suelo,
pequeña marioneta sin hilos, pataleando para desaparecer-
por qué es esquizofrénica,
su cara blanca y colorada, un horror,
has tirado sus gatitos por la ventana
a un patio de cemento
en el que cagan y vomitan y lloran y ella no puede oírlos.
Dices que no puedes soportarla,
es una bastarda.
Tú que has reventado tus bronquios como una radio averiada
vacía de voces e historia, el estático
ruido de lo nuevo.
Dices que yo debería ahogar a los gatitos. ¡Su olor!
Dices que debería ahogar a mi niña.
Ella le cortará el cuello a las diez si enloquece a las dos.
La niña sonríe, caracol gordo,
desde los encerados rombos de linóleo naranja.
Podrías comértelo. Es un niño.
Dices que tu marido no te trata bien.
Su mamá-judía custodia su dulce sexo como una perla.
Tú tienes un bebé. Yo tengo dos.
Tendría que sentarme a peinar mis cabellos sobre una roca en Cornualles.
Tendría que llevar pantalones de tigre, debería tener una aventura.
Tendríamos que encontrarnos en otra vida,
tendríamos que encontrarnos en el aire,
tú y yo.
Entretanto hay un hedor a gordura y caca de bebé.
Estoy confusa, drogada con mi último somnífero.
El humo de la cocina, el humo del infierno
flota sobre nuestras cabezas, dos enemigos venenosos,
sobre nuestros huesos, sobre nuestro pelo.
Te llamo Huérfana, huérfana. Estás enferma.
El sol te produce úlceras, el viento, tuberculosis.
Llegaste a ser hermosa.
En Nueva York, en Hollywood, los hombres decían: “¿Ya acabaste?
Oye, eres un poco rara.”
Actuabas, actuabas, actuabas para emocionarnos.
El marido impotente sale tambaleándose a por su café.
Trato de impedírselo,
su viejo poste para los rayos,
los baños de ácido, un cielo lejano.
Él con todo hace un montón al bajar la cuesta adoquinada de plástico,
tranvía flagelado. Las chipas son azules.
Saltan las chispas azules,
desintegrándose como el cuarzo en millones de partículas.
¡Oh, joya! ¡Oh, tesoro!
Aquella noche la luna
arrastraba su bolsa de sangre, animal
enfermo
más allá de las luces de puerto.
Y luego volvió a su normalidad,
indiferente y lejana y blanca.
Su reflejo en la arena me aterró.
Seguimos haciendo montones, disfrutando,
modelándola como si fuera masa, un cuerpo de mulata,
arena de seda.
Un perro ayudó a levantarse a tu despreciable marido.
Él siguió su marcha.
Ahora callo, mi cuerpo está
lleno de odio,
profundo, profundo.
No digo nada.
Guardo las patatas viejas como si fueran ropa buena,
guardo los niños,
guardo los gatos enfermos.
Oh, vasija de ácido,
es el amor quien te llena. Sabes a quien odias.
Él se abraza a su bola y a su cadena junto a la puerta
que se abre al mar
a donde lo conduce, blanco y negro,
para luego vomitarlo.
Todos los días lo colmas con asuntos del alma, como si fuese un cántaro.
Estás agotada.
Tu voz mi pendiente,
aleteando y succionando, murciélago sediento de sangre.
Así son las cosas. Así son las cosas.
Observas desde la puerta,
triste hechicera. “Todas las mujeres son unas putas.
No sé como comunicarme.”
Veo tu hermoso decorado
cerrarse sobre ti como el puño de un bebé
o como una anémona, la enamorada
del mar, esa cleptómana.
Todavía soy pura.
Digo que puede que regrese.
Ya sabes para qué se miente.Ni siquera en tu cielo Zen lograremos encontrarnos.»
(versión Manuel Ramos Chouza)
Árboles de invierno
Sylvia Plath
He visto cómo te embriagas con el rico olor de los mataderos
Joyce Mansour
ASESINO
Elevaste hasta matar
Tu boca destiñe palabras
me quieres,
soy hermosa,
tus manos va buscando mis senos,
y me quieres,
no se nota pero yo lo noto,
yo sé,
te detengo
tus ojos destiñen abismo,
sabés, ves que sé
ahora sí me quieres
tus manos no buscan nada,
me miras, yo te buscaré mucho después
Los niños dibujan monstruos sanguinarios, insignias nazis y aviones de caza (o, los más adelantados, coños y pollas), rara vez flores.
Jed ignoraba entonces, al igual que Vanessa, que las flores sólo son órganos sexuales, vaginas abrigadas que adornan la superficie del mundo, entregadas a la lubricidad de los insectos.
Michel Houellebecq
miércoles, 1 de mayo de 2013
jueves, 4 de abril de 2013
Ernest Hemingway
"El mar cambia"
| -Está bien -dijo el hombre-. ¿Qué decidiste?-No -dijo la muchacha-. No puedo. -¿Querrás decir que no quieres? -No puedo. Eso es lo que quiero decir. -No quieres. -Bueno -dijo ella-. Arregla las cosas como quieras. -No arreglo las cosas como quiero, pero, ¡por Dios que me gustaría hacerlo! -Lo hiciste durante mucho tiempo. Era temprano y no había nadie en el café, con excepción del cantinero y los dos jóvenes que se hallaban sentados en una mesa del rincón. Terminaba el verano y los dos estaban tostados por el sol, de modo que parecían fuera de lugar en París. La joven llevaba un vestido escocés de lana; su cutis era de un moreno suave; sus cabellos rubios y cortos crecían dejando al descubierto una hermosa frente. El hombre la miraba. -¡La voy a matar! -dijo él. -Por favor, no lo hagas -dijo ella. Tenía bellas manos y el hombre las miraba. Eran delgadas, morenas y muy hermosas. -Lo voy a hacer. ¡Te juro por Dios que lo voy a hacer! -No te va a hacer feliz. -¿No podías haber caído en otra cosa? ¿No te podrías haber metido en un lío de otra naturaleza? -Parece que no -dijo la joven-. ¿Qué vas a hacer ahora? -Ya te lo he dicho. -No; quiero decir, ¿qué vas a hacer, realmente? -No sé -dijo él-. Ella lo miró y alargó una mano-. ¡Pobre Phil! -dijo. El hombre le miró las manos, pero no las tocó. -No, gracias -declaró. -¿No te hace ningún bien saber que lo lamento? -No. -¿Ni decirte cómo? -Prefiero no saberlo. -Te quiero mucho. -Sí; y esto lo prueba. -Lo siento -dijo ella-; si no lo entiendes ... -Lo entiendo. Eso es lo malo. Lo entiendo. -¿Sí? -preguntó ella-. ¿Y eso lo hace peor? -Es claro -la miró-. Lo entenderé siempre. Todos los días y todas las noches. Especialmente por la noche. Lo entenderé. No tienes necesidad de preocuparte. -Lo siento... -Si fuera un hombre... -No digas eso. No podría ser un hombre. Tú lo sabes. ¿No tienes confianza en mí? -¡Confiar en ti! Es gracioso. ¡Confiar en ti! Es realmente gracioso. -Lo lamento. Parece que eso es todo lo que pudiera decir. Pero cuando nos entendemos, no vale la pena pretender que hacemos lo contrario. -No, supongo que no. -Volveré, si quieres. -No; no quiero. Después no dijeron nada por un largo rato. -¿No crees que te quiero, no es cierto? -preguntó la joven. -No hablemos de tonterías. -Realmente, ¿no crees que te quiero? -¿Por qué no lo pruebas? -Haces mal en hablar así. Nunca me pediste que probara nada. No eres cortés. -Eres una mujer extraña. -Tú no. Eres un hombre magnífico y me destroza el corazón irme y dejarte... -Tienes que hacerlo, por supuesto. -Sí -dijo ella-. Tengo que hacerlo, y tú lo sabes. Él no dijo nada. Ella lo miró y extendió la mano nuevamente. El cantinero se hallaba en el extremo opuesto del café. Tenía el rostro blanco y también era blanca su chaqueta. Conocía a los dos y pensaba que formaban una hermosa pareja. Había visto romper a muchas parejas y formarse nuevas parejas, que no eran ya tan hermosas. Pero no estaba pensando en eso, sino en un caballo. Un cuarto de hora más tarde podría enviar a alguien enfrente para saber si el caballo había ganado. -¿No puedes ser bueno conmigo y dejarme ir? -preguntó la joven. -¿Qué crees que voy a hacer? Entraron dos personas y se dirigieron al mostrador. -Sí, señor -dijo el cantinero y atendió a los clientes. -¿Puedes perdonarme? ¿Cuándo lo supiste? -preguntó la muchacha. -No. -¿No crees que las cosas que tuvimos y que hicimos pueden influir en nuestra comprensión? -"El vicio es un monstruo de tan horrible semblante" -dijo el joven con amargura- que... -no podía recordar las palabras-. No puedo recordar la frase -dijo. -No digamos vicio. Eso no es muy cortés. -Perversión -dijo él. -¡James! -uno de los clientes se dirigió al cantinero-. Te ves muy bien. -También usted se ve bien, señor -replicó al cantinero. -¡Viejo James! -dijo el otro cliente-. Estás un poco más gordo. -Es terrible la manera como uno se pone -contestó el cantinero. -No dejes de poner el coñac, James -advirtió el primer cliente. -No. Confíe usted en mí. Los dos que se hallaban en el bar miraron a los que se encontraban en la mesa y después volvieron a mirar al cantinero. Por la posición en que se encontraban les resultaba más cómodo mirar al encargado del bar. -Creo que sería mejor que no emplearas palabras como esa -dijo la muchacha-. No hay ninguna necesidad de decirlas. -¿Cómo quieres que lo llame? -No tienes necesidad de ponerle nombre. -Así se llama. -No -dijo ella-. Estamos hechos de toda clase de cosas. Debieras saberlo. Tú usaste muchas veces esa frase. -No tienes necesidad de decirlo ahora. -Lo digo porque así te lo vas a explicar mejor. -Está bien -dijo él-. ¡Está bien! -Dices que eso está muy mal. Lo sé; está muy mal. Pero volveré. Te he dicho que volveré. Y volveré en seguida. -No; no lo harás. -Volveré. -No lo harás. A mí, por lo menos. -Ya lo verás. -Sí -dijo él-. Eso es lo infernal, que probablemente quieras volver. -Por supuesto que lo voy a hacer. -Ándate, entonces. -¿Lo dices en serio? -no podía creerle, pero su voz sonaba feliz. -¡Ándate! -dijo el hombre. Su voz le sonaba extraña. Estaba mirándola. Miraba la forma de su boca, la curva de sus mejillas y sus pómulos; sus ojos y la manera cómo crecía el cabello sobre su frente. Luego el borde de las orejas, que se veían bajo el pelo y el cuello. -¿En serio? ¡Oh! ¡Eres bueno! ¡Eres demasiado bueno conmigo! -Y cuando vuelvas me lo cuentas todo -su voz le sonaba muy extraña. No la reconocía. Ella lo miró rápidamente. Él se había decidido. -¿Quieres que me vaya? -preguntó ella con seriedad. -Sí -dijo él duramente-. En seguida. -Su voz no era la misma. Tenía la boca muy seca-. Ahora -dijo. Ella se levantó y salió de prisa. No se volvió para mirarlo. Él no era el mismo hombre que antes de decirle que se fuera. Se levantó de la mesa, tomó los dos boletos de consumición y se dirigió al mostrador. -Soy un hombre distinto, James -dijo al cantinero-. Ves en mí a un hombre completamente distinto -Sí, señor -dijo James. -El vicio -dijo el joven tostado- es algo muy extraño, James. -Miró hacia afuera. La vio alejarse por la calle. Al mirarse al espejo vio que realmente era un hombre distinto. Los otros dos que se hallaban acodados en el mostrador del bar se hicieron a un lado para dejarle sitio. -Tiene usted mucha razón, señor -declaró Jame,. Los otros dos se separaron un poco más de él, para que se sintiera cómodo. El joven se vio en el espejo que se hallaba detrás del mostrador. -He dicho que soy un hombre distinto, James -dijo. Y al mirarse al espejo vio que era completamente cierto. -Tiene usted :muy buen aspecto, señor -dijo James-. Debe haber pasado un verano magnífico.
FIN
|
martes, 2 de abril de 2013
HENRI CARTIER-BRESSON
"La fotografía en si no me interesa. Solo quiero capturar u
na ínfima parte de la realidad."
Henry Cartier-Bresson
na ínfima parte de la realidad."
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